Carta a los judíos de la U.R.S.S.

Sobre la cultura del oprimido (1)

El hombre oprimido2  sufre un doble impacto: una opresión objetiva, que limita su vida, traba sus gestos, desnaturaliza sus relaciones con los otros, y un atentado permanente contra su propia imagen, confundida, desvalorizada por el desprecio y la acusación del dominante. En tanto el oprimido se resigne a esta doble carencia, todo va bien, si así puede decirse: continuará soportando su suerte, y el dominante viviendo su vida.

Pero si, un día, no aceptando más respirar sólo a medias, comienza a agitarse, he ahí que inquieta al dominante, el cual lo acusa en seguida de turbar todo el cuerpo social. Lo que no es falso, puesto que pone en cuestión, en efecto, el orden establecido y el contrato leonino que lo ataba a su poderoso compañero. Es acusado cómicamente de ingratitud, y, muy pronto, de sedición, de separatismo y de traición. ¡He ahí la prueba de que merecía su condición! ¡La justificación a posteriori de la desconfianza que se le tenía! Si no se le hubiera puesto cuidado habría manifestado seguramente más temprano su nocividad. Ya, como se sabe, no cesaba de afirmar sus particularismos, sus singularidades, a riesgo de perturbar la tranquilidad de sus conciudadanos. La revuelta, que es el resultado de su miseria, pasa a ser la manifestación decisiva de su infamia.

Es un círculo; es frecuente en esta especie de asuntos humanos. Yo no sé si os aliviará saber que no sois los únicos en experimentar esta sorprendente inversión. Cada vez que una minoría se impacienta en el mundo, se le acusa de querer la ruina de su nación. ¿Por qué no se trata de los minoritarios igual que a los mayoritarios, para ver si continúan suscitando el escándalo? Vuestro caso es más grave aún: habéis decidido partir, dejar el país; ¿Acaso no es el criterio decisivo de que lo detestabais desde siempre? ¡Cómo si se pudiera, con el corazón alegre, arrancarse a los paisajes de la infancia! Es preciso estar aferrado a los privilegios de la dominación para creer, o simular creer, que esta situación pueda durar eternamente, con la complacencia cómplice de la víctima.

Todo esto es evidente; nadie acepta definitivamente ser oprimido. Resta un interrogante, sin embargo, de los más turbadores; ¿por qué el dominado, que, por otra parte, no escatima las señales de su devoción y de su lealtad, se apega tanto a esa imagen particular de sí mismo que, distinguiéndolo de sus conciudadanos, aumenta su soledad y su fragilidad? Insistiendo en sus  rasgos propios, parece querer excluirse por sí mismo de su comunidad nacional. Los judíos de la U.R.S.S. fueron militantes sin desfallecimiento y soldados sin reproche durante la guerra. ¿Por qué, ahora, esa distancia que parecen crear a voluntad?
Señalémoslo en primer lugar: esto no es excepcional. ¿Por qué los kabileños, que lucharon tan duramente por la causa común de la Argelia Libre, cuyas aldeas montañosas sirvieron de nidos de águilas a los combatientes del F.L.N., reclaman ahora una fisonomía separada? ¿Su lengua, que es totalmente distinta al árabe, su cultura específica, a riesgo de escindir a la joven nación? ¿Por qué los coptos, esos muy antiguos egipcios cristianos, defienden tan obstinadamente su cristianismo, en medio de una nación musulmana, cuyas dificultades no necesitan verdaderamente esta complicación suplementaria? ¿Por qué los corsos, los bretones, los vascos, se afirman tan indómitamente, al punto de sugerir a los observadores asombrados que Francia, la nación más centralizada del mundo, por sus instituciones, su escuela, su filosofía, no debe su unidad aparente más que a una voluntad sistemática de sofocar toda aspiración regional?

Naturalmente, es grande la tentación de buscar, detrás de estas reivindicaciones, a algún agitador telecomandado desde el extranjero, lo cual es una interpretación bien cómoda, y que no explica nunca el éxito de un movimiento. U otros intereses más prosaicos, económicos por ejemplo. No cabe duda de que a menudo existen: ¿pero por qué habrían de ser desdeñables? En la cólera de los corsos, de los bretones o de los guadalupeños, existe evidentemente la rabia de ver que sus jóvenes no encuentran empleos en sus países respectivos. ¿Por qué el minoritario habría de defender, él también, sus medios de vida e incluso sus comodidades? ¿Qué hace pues el mayoritario, bajo cubierta de proclamaciones morales y patrióticas, sino defender su propia vida y con frecuencia sus privilegios? Pero sería absurdo reducir a otra cosa la reivindicación cultural, aún la de los mayoritarios. ¿Por qué las personas conservan tan preciosamente, a lo largo de tantos siglos, una manera de expresarse, de nutrirse, de vestirse? ¿Por qué subsiste una lengua a través de la incesante transformación histórica de un grupo, a veces a pesar de las catástrofes, las inmigraciones, los desarraigos y las reinstalaciones? ¿Y cuando esos particularismos más bien le complican la vida en medio de los otros? ¿Es verdaderamente por interés? O, entonces, ¿de qué interés se trata?
El oprimido puede argüir evidentemente que es porque esa tradición -ese tesoro-, confiada a él por sus ancestros y el tiempo, es tan grande, tan superior a la de la mayoría, que sería perjudicial para toda la humanidad dejarla perder. Es posible. Pero parece haber ahí, más bien, algún alegato disfrazado de altruismo. La humanidad tiene buenas espaldas en verdad. Se puede pensar que no merece tantos sacrificios. Es difícil también no desconfiar de esas autoglorificaciones, que cada pueblo, sin excepción, celebra por su propia cuenta. ¿Qué es, en rigor, una cultura superior a otra? Si, para defender al oprimido, se sostiene que las culturas dominantes, por los azares de la Historia o por la fuerza de las armas, no son verdaderamente superiores a las culturas dominadas, que no tuvieron la misma suerte, la proposición no debe invertirse. El triunfo guerrero no es una garantía de espiritualidad, ciertamente, pero tampoco lo es la derrota.

Por otra parte, reconozcámoslo, hay a menudo en la cultura del vencido signos de esclerosis y de ineficacia. Quien vive en medio de los otros, en medio de una mayoría más o menos hostil o bajo la dependencia de otro pueblo, ve que la Historia se le escapa cada vez más. No tomando parte directamente, desde largo tiempo atrás, en las actividades del gobierno ni de la administración, su lengua, su pensamiento particular, han cesado de ajustarse a esos problemas nuevos que surgen inevitablemente en la vida de un pueblo. Habiendo debido alguna vez cambiar de cielo y de clima, no reconoce siquiera los frutos y las legumbres de que hablan sus libros tradicionales. Los alimentos que come, la lengua que habla, no son más los de sus ancestros. ¿Por qué continuar cantando esos viejos aires cuyo sentido se le escapa y gustando ritualmente comidas que se le han vuelto extrañas? ¿Por qué obstinarse en vivir de la memoria, en lugar de adoptar más completamente las costumbres de los otros, vueltas además en parte las suyas, y las únicas leyes eficaces en la Ciudad?

Los que desestiman los fenómenos culturales recuerdan a esos médicos que creen que sólo el cuerpo puede estar enfermo, y que no quieren ver que también el espíritu tiene sus necesidades y sus disfunciones, sus felicidades y sus malestares; aún cuando el cuerpo se ve probablemente afectado siempre por esta agitación del espíritu, ya sea por ser su origen o su destinatario. La cultura es a la vez la expresión y el alimento del espíritu, a la vez la memoria del grupo y su proyección hacia adelante. De suerte que un pueblo sin cultura estaría privado de pasado y de porvenir; es decir, habría cesado de existir como tal. Un pueblo no muere solamente si todos sus miembros están físicamente muertos. Es suficiente que sus descendientes se integren individualmente en otros grupos a tal punto que olviden de dónde vienen, y que estimen que su porvenir ha coincidido siempre con el de sus nuevos conciudadanos. Su humus natal ha cesado de existir entonces, puesto que se ha dispersado a los vientos de la Historia, yendo a fertilizar otros suelos.

Se comprende, pues, el encarnizamiento de los grupos en defender su memoria colectiva: ella es la condición misma de su supervivencia. Se comprende también por qué ese encarnizamiento es más vivo, más doloroso, cuando el grupo está en peligro. Por qué todas esas comunidades judías dispersas, pulverizadas a través del mundo, han conservado cuidadosamente no sólo sus grandes libros tradicionales (la Torah, evidentemente, pero también el Talmud, la Cábala y diversos Comentarios), lo que sería comprensible vista su importancia, sino también un sinnúmero de prácticas aparentemente envejecidas e inútiles. ¿Cómo explicar, por ejemplo, la supervivencia de esas decenas y decenas de dialectos, que hacen hablar a tal comunidad con el español de Cervantes, a tal otra en judeo-turco y a tal otra en judeo-alemán? ¿No es acaso, precisamente, porque estaban dispersas y pulverizadas, porque ya no tenían bienes sólidos bajo los pies, porque los inmuebles y la tierra no podían ser llevados en un morral, que se construyeron ese universo de sueños, de símbolos y de palabras? Si no hubieran tenido esa balsa que sobrenada la marejada de la Historia, hace largo tiempo que habrían zozobrado. Y, por otra parte, muchas igual naufragaron, quizá porque no supieron proteger a ese esquife, que las protegía a su vez. Apegarse a su cultura, es mantenerla y ser mantenido por ella.

La cultura es así la verdadera carta de identidad de un pueblo. Tal vez incluso su verdadero ser colectivo; de suerte, como señalé en otra parte, que no existe pueblo sin cultura: eso sería contradictorio. Pues su imagen de sí mismo, que se expresa tanto por sus obras y sus sueños como por sus costumbres específicas, tanto por su manera de comer como por su manera particular de bromear: es eso lo que lo diferencia de los otros. Ni su sangre ni su cuerpo, si es que hay algo de verdad en que las sangres y los cuerpos pudieran ser diferentes, ni siquiera el suelo que lo vio  hacer, el clima y el ritmo de las estaciones, tienen importancia, a no ser por su integración en ese conjunto cultural, donde encuentran su significación. ¿Qué es lo que diferencia al francés del Norte de los belgas? ¿Al francés del Este de los alemanes? ¿Al francés del Mediodía de los italianos? Cada uno tiene más puntos comunes con sus vecinos que con el resto de la nación. Sin embargo, ellos se juzgan todos en primer lugar franceses. Es que los franceses del Norte, del Este y del Sur tienen una cultura común, es decir una memoria y un proyecto comunes. ¿Pero si, diréis vosotros, no la tuvieran más, si no quisieran más ese destino común, como se cree percibir hoy en ciertas reivindicaciones regionales? Si eso fuera verdad, pues no sé si es del todo exacto, entonces sería quizás el fin de la nación francesa como organismo único.

Pero no es aún suficiente. Esta interpretación de la cultura en términos de psicología, colectiva e individual, no da cuenta sino de la mitad de la verdad. La cultura es el sueño colectivo de un pueblo, su respiración psíquica. Incluso los animales sueñan  hoy lo sabemos. Impedid soñar a un hombre, y languidecerá; se intoxicará en cierto modo, al igual que por la falta del sueño reparador de su biología. Impedir soñar a un hombre es también sofocarlo, y a largo término matarlo: he ahí por qué se lucha por una canción como por una religión. Pero la cultura no es solamente la cristalización, la puesta en forma, de las carencias y las aspiraciones, de los pesares y las esperanzas del alma colectiva. Es una herramienta y una bandera, una señal de reunión y una palanca, para hacer prosperar y avanzar al grupo: el instrumento más adecuado, porque salido de él mismo, es el más adaptado a él.

He ahí cómo se resuelve, al pasar, el famoso problema de la superioridad, que deja de ser un problema si se le considera con simplicidad: es una superioridad relativa. La cultura es un sistema relativamente coherente, que corresponde a las necesidades de supervivencia de un pueblo en un momento de su historia. Es decir que tiene, a la vez, qué asegurar la permanencia y prever el cambio, ambos indispensables. Comparada a otras, es entonces claro que toda cultura es discutible; en sí misma, es única e irremplazable. Si nadie tiene el derecho de pretender que su cultura eclipsa a todas las otras, cada una puede decir: es mía, me resulta cómoda y eso basta para que yo proclame su excelencia4.

Se tiene también la respuesta a la acusación: la cultura es un desafío. Es el acusador quien, más a menudo, obliga al acusado a tomar conciencia de su diferencia y de su separación. Si no, el acusado tendría tendencia a dormitar, a olvidarse de sí mismo y quizás a desaparecer, fundido en la mayoría o en la civilización del vencedor. Pero tratado como diferente, no tiene otro recurso que instalarse en ese nido, puesto que ha sido expulsado del otro. Después, por orgullo, va a reivindicar su diferencia y su nueva-antigua morada. “Ah, ¿no me habéis querido como un hermano? Y bien, seré gustosamente un extranjero. ¡Prescindiré de vosotros y veréis que viviré mejor que vosotros!”. Del orgullo a la provocación, el pasaje es fácil. El judío, perseguido sin tregua, termina por pensar, después de una resistencia tan tenaz, que es superior a los que lo rodean; puesto que ha soportado victoriosamente tantas tempestades, cuando los otros, tal vez, habrían cedido y desaparecido. A través de tantas emboscadas, su cultura le ha servido de pasaporte para el futuro. Resta, naturalmente, una última pregunta. Sea, la cultura es necesaria para la supervivencia, ¿Pero por qué, tanto el individuo como el grupo, se aferran de tal manera a la supervivencia? Ahí está el único misterio, o más exactamente el dato, el hecho que no podemos sino constatar: en su casi totalidad, los seres vivos, vegetales, animales, humanos, individuales o colectivos, prefieren la vida a la muerte, la salud a la enfermedad, el placer al dolor. He ahí por qué, por otra parte, nadie ama la sujeción.

París, mayo de 1980.

Traducción del francés: Prof. Perla Tenenbaum

1Carta dirigida a los judíos de la U. R. S. S. en oportunidad de la edición rusa de “La libération du Juif', 1980, reproducida en apéndice.
* Pensador Judeo-Francés, notorio por sus obras sobre los pueblos oprimidos, entre otras “Retrato del colonizado”, “La dependencia”, etc.
2Se trata aquí del oprimido del interior, del minoritario. He tratado en otra parte la cultura del oprimido global, pueblo a pueblo, como en la colonización. Por lo demás, el matiz no es sino de grado: los corsos, los vascos, o, a fortiori, los guadalíipeños, ¿Son minoritarios en el seno de la nación francesa, o son, ya, pueblos? Sobre la cultura del oprimido, me permito remitir a algunos otros de mis textos, en particular ”Portrait du Colonisé“ y  ”L'Homme Dominé“.
3Naturalmente, hay que tomar en cuenta que se trata de un lenguaje analógico y que no sabemos muy bien qué es un psiquismo colectivo. Digamos, según la expresión consagrada, que todo sucede como si un grupo también soñara. Por otra parte, el simbolismo es probablemente el lenguaje del grupo.
4Me permito remitir igualmente a la noción de dependencia de los valores, que he desarrollado en ”La Dépendance“, Edit. Gallimard, 1979.


CATEGORÍAS: Filosofía
ISSN: 1022-9833