Los derechos de los humanos

El 10 de diciembre se cumplieron 66 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. 30 artículos aprobados por las naciones del mundo para que el ser humano pueda creer desde que llega a la vida que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”, tal como lo establece el primero de los 30 artículos.

En estos 66 años todos los artículos de la Declaración se han vulnerado de todas las formas imaginables. En todos los continentes, sin excepción, con matices que no cambian nada el concepto de fondo, los derechos de los humanos han sido pisoteados de diversas formas, y todas, merecen el calificativo de inaceptables.

Los redactores de estos derechos humanos dejaron muy en claro en 1948 que los mismos no son específicos para un país. No son una recompensa por buen comportamiento, o exclusivos de cierta época o grupo social. Son los derechos inalienables de todas las personas, en todo momento y en todas partes, los 365 días del año.

Son los derechos de las personas de todos los colores, de todos los grupos étnicos; con o sin discapacidades; ciudadanos o inmigrantes; sin importar su sexo, su clase, su credo, su edad u orientación sexual.

Los compromisos contraídos con los pueblos del mundo a través de la Declaración Universal han llegado a ser un logro cuando se ha constatado, por momentos, que se han podido rechazar tiranías, discriminación y ese desprecio que aquellos que se creen gobernantes imprescindibles y vitalicios, sienten por los seres humanos. 

La Declaración se aprobó tres años después de la Segunda Guerra Mundial, tres años después de los campos de exterminio nazis, tres años después de la Shoá, tres años después que murieran 50 millones de personas y casi medio mundo fuera destruido.

Sobre esas ruinas se edificaron los sueños de vivir en libertad, en el marco del Derecho, y bajo un manto universal de dignidad.

Y se construyó también la estructura de la esperanza. 

Porque en 1948, las Naciones Unidas de entonces, estaban convencidas que después de tanto horror precedido por siglos de barbaries diversas, el hombre iba a comenzar a recorrer los caminos de la democracia, igualdad, solidaridad, respeto por el otro. ¿Cuánto dolor se podía agregar a un mundo avasallado por la barbarie nazi?

La primera pregunta es si realmente sirvió de algo la elaboración de un documento tan sencillo y a la vez contundente, y la segunda interrogante es inevitablemente dónde estamos hoy, 66 años después.

El Secretario General de las Naciones Unidas contestó el 10 de diciembre estas dos preguntas. Ban Ki Moon dijo entre otros conceptos:

Denunciamos a las autoridades que niegan los derechos de cualquier persona o grupo.

Declaramos que los derechos humanos son para todo el mundo, en todo momento, independientemente de quienes seamos y de nuestro lugar de procedencia, sea cual fueren nuestra clase, nuestras opiniones o nuestra orientación sexual.

Se trata de una cuestión de justicia individual, estabilidad social y progreso mundial.

Las Naciones Unidas protegemos los derechos humanos porque esa es nuestra orgullosa misión y porque cuando las personas disfrutan de sus derechos, las economías prosperan y los países están en paz.

Exhorto a los Estados a que cumplan su obligación de proteger los derechos humanos todos los días del año. Exhorto a los ciudadanos a que exijan responsabilidades a sus gobiernos. 

¿Puede preverse razonablemente que alguien en su sano juicio no está de acuerdo con estas palabras de Ban Ki Moon? Probablemente no, y no nos atrevemos a decir absolutamente en lugar de probablemente, porque la realidad son los hechos, y los hechos de nuestro universo contemporáneo están todavía lejos de los buenos deseos.

¡Por supuesto que la misión de Naciones Unidas es defender los derechos humanos!

Pero en la Tierra, en la semana que estamos escribiendo esta reflexión (8-13 de diciembre), apenas en cinco días, el Estado Islámico decapitó adolescentes cristianos menores de 15 años por negarse a convertirse al Islam; se confirmó que las cifras oficiales de civiles asesinados en Siria los últimos dos años sobrepasa los 200 mil; el Papa Francisco nuevamente no pudo contener su angustia cuando se refirió a las comunidades cristianas masacradas día a día en Siria e Irak; la Comisión Interamericana de Derechos Humanos informó que con el actual gobierno de Venezuela hay un aumento de 485% en las formas de represión, en relación a cinco años atrás.

Si leemos el texto de la Declaración de 1948, escuchamos lo que dice Naciones Unidas hoy, y observamos dónde estamos, las contradicciones abruman.

Por supuesto que se debe tener en claro que se han producido avances en los intentos de solidificación de la democracia en muchos países; y es notorio que la violación de derechos humanos en la mayoría de las democracias es perseguida y castigada por ley.

Pero, por otra parte, estamos muy lejos que todos los miembros de Naciones Unidas sean democracias, y además, estamos a mucha distancia de que todos aquellos que tienen algunas de las características de la democracia y se autodenominan como democracias, respeten los derechos humanos.

Por ejemplo,¿qué hacen en el Consejo de DDHH, una monarquía como Arabia Saudita o una de las más antiguas dictaduras que aún perviven en el mundo como Cuba?

Los datos (masacres, decapitaciones , torturas) son escalofriantes, y en ese contexto, los números del antisemitismo han tenido modificaciones recientes que sólo pueden dejar perplejos a muchos que no quieren escuchar o quieren aparecer como distraídos.

De acuerdo a datos tomados a fines de julio de este año 2014, y respecto del año anterior, Europa vio un aumento del 436 por ciento en actos antisemitas, en Estados Unidos se registró un crecimiento del 130 por ciento; en Sudáfrica un 600 por ciento; y en Sudamérica el antisemitismo creció un 1200 por ciento. Sí, 1200.

En esa realidad latinoamericana de agresiones físicas, verbales, en ese marco de incitación desde gobiernos, academia, medios de difusión, sindicatos, algunos sectores políticos han intentado poner coto al antisemitismo y hacer razonar a los irracionales.

Un ejemplo de ello, ha sido el Parlamento Latinoamericano, PARLATINO, que emitió una fuerte declaración contra el antisemitismo con conceptos universalmente muy potentes, de los cuales extraemos:

Que el Antisemitismo es una manifestación social que vulnera la dignidad humana;

Que el Antisemitismo es inaceptable en cualquier sociedad e incompatible con la democracia;

Que condenamos la utilización del Antisemitismo como herramienta política;

Que llamamos a fortalecer la educación para contener el Antisemitismo; el prejuicio más antiguo, a favor del respeto, la tolerancia y la coexistencia;

Que manifestamos que, al actuar en este espíritu, lo hacemos no a favor de un grupo en particular sino en defensa del bien común y de la sociedad en su conjunto.

Algunos organismos de las democracias, como este ejemplo, luchan por mantener en vigencia la Declaración del 48 en los hechos. Y eso hay que resaltarlo.

Pero la violación de los DDHH es una enfermedad. 

Muy grave en las dictaduras; muy grave en los países que se proclaman democracias pero en los cuales sus gobernantes cercenan la libertad de expresión y acorralan a la justicia; muy grave en países que por ser más fuertes y poderosos creen que todo se puede hacer en nombre de la democracia, incluso pasar por encima de los DDHH.

Reflexionemos con el Papa Francisco: “que nadie piense que puede escudarse en Dios cuando proyecta y realiza actos de violencia y abusos. Que nadie tome la religión como pretexto para las propias acciones contrarias a la dignidad del hombre y sus derechos fundamentales, en primer lugar el de la vida y el de la libertad religiosa de todos”.

El respeto de los derechos humanos, es condición previa para el desarrollo social y económico de un país. Toda restricción a ese respeto esencial, aumenta la distancia hacia la dignidad y la igualdad.

Elie Wiesel ha escrito: Juré que nunca permaneceré en silencio cuando los seres humanos soportasen sufrimiento y humillación. Siempre debemos tomar parte. La neutralidad ayuda al opresor, nunca a la víctima. El silencio alienta al torturador, nunca al torturado.

El sueño de hace 66 años de que el hombre sea capaz de defender y salvaguardar los derechos de todos los hombres, se puede y se debe seguir construyendo hoy. 

Aunque la realidad sea muy severa, la tarea debe ser permanente, y como lo expresa Elie Wiesel, para construir con esperanza,”siempre debemos tomar parte”.

ISSN: 1022-9833