El judaísmo en un mundo ecologicamente decadente

Introducción

En los últimos años hemos comenzado a notar que los distintos medios de prensa nos informan reiteradamente sobre catástrofes ecológicas sin precedentes, a la vez que con mayor intensidad publican notas u opiniones de especialistas sobre los efectos que puede tener en la humanidad el mal uso o el uso excesivo de los recursos naturales por parte del hombre. ¿Quién no se ha familiarizado con términos como capa de ozono, desertificación, carbonos, spray y otros términos hasta hace poco ajenos al conocimiento del hombre medio? Es que los científicos han lanzado una severa advertencia: "El clima está cambiando para peor"; "estamos destruyendo el medio ambiente". Lo que un puñado de ecologistas defendía ardorosamente parece ahora haberse hecho carne en los científicos del orbe.

¿Cómo explicar que el pasado 2-2-89, en Alaska, se llegara a la temperatura mínima de 100 grados bajo cero, inusual para la zona? ¿Cómo explicar que en la Argentina se vivan inviernos primaverales y haya persistido, desde hace más de un año, una importante sequía? ¿Cómo explicar los 46 grados de calor a la sombra en Grecia el pasado 26-7-88? ¿Cómo explicar que en los EE.UU., en agosto de 1988, el Río Mississippi registrara los caudales más bajos de su historia? Nevadas fuera de época, sequías en comarcas húmedas, golpes inéditos de calor son otros factores que la humanidad ha comenzado a vivir más asiduamente. Ante estos dramas, ¿quién es el gran responsable?: el hombre.

Los últimos trescientos años han sido atípicos en la historia de la humanidad, en particular loe últimos setenta años. A partir de la Revolución Industrial, y de la mano del capitalismo, la humanidad ha aprendido a producir bienes a un ritmo espectacular, pero sin medir las consecuencias ecológicas de dicha industrialización. Si a este fenómeno le agregamos una rápida expansión de la ciudad, con sus problemas de superpoblación, comprenderemos entonces la dificultad para que alguien piense en qué hacer con los residuos de los combustibles o los desechos industriales. Así, los primeros han ido a parar en forma de hollín al cielo, mientras que los residuos de los combustibles líquidos, a las aguas de los ríos, arroyos o mares.

Así es como el hombre ha introducido con su actividad económica, factores que han perturbado los complejos mecanismos de la biósfera. El uso abusivo de fertilizantes, el talado indiscriminado de bosques, la contaminación de las aguas han provocado que en los últimos decenios la atmósfera reciba 4.000 millones de toneladas de anhídrido carbónico que junto con el vapor del agua han sido los factores que aceleraron el llamado efecto invernadero.

En el mundo desarrollado se quema petróleo, gas y carbón para mantener en marcha el progreso económico mientras que los países subdesarrollados queman bosques indiscriminadamente generando más calor y eliminando a los árboles, verdaderos pulmones naturales. A su vez, estos mismos países desgastan la fertilidad de la tierra cultivándola una y otra vez sin tener en cuenta que las mismas se transformarán en verdaderos desiertos. Cada día que pasa, la selva amazónica sufre la pérdida por tala, roturación o quema de una superfìcie equivalente a la mitad de la Capital Federal. Para el año 2000 sólo quedará en pie el 40 % de toda esta selva.

¿Cuáles serán las consecuencias de todas estas agresiones a la Biósfera?

Por de pronto, la tala sistemática de la Amazonia ya ha provocado fuertes sequías en la zona a tal punto que en el delta del Río Amazonas el nivel de las aguas ha bajado tanto que es posible encontrar peces de mar arrastrados río arriba por las pronunciadas mareas. Por otro lado los científicos aseguran que el efecto invernadero provocará un paulatino aumento de la temperatura calculado en dos a cinco grados desde ahora hasta el siglo venidero. Este fenómeno ya es comprobable pues se ha observado un incremento de 0,33 grados en las capas superiores de los océanos tropicales, lo cual puede provocar la regresión de glaciares y aumento del nivel de los mares. Para el año 2050, el nivel de los mismos habrá subido entre 0,5 y 1,5 metros, con lo cual ciertas islas del Pacífico desaparecerán.

En los próximos 100 años los desiertos avanzarán cientos de kilómetros hada tierras más fértiles, conio cual Australia, los EE.UU., Argentina, China y ciertos países mediterráneos podrían sufrir la desertificación. En los trópicos el cambio de temperatura conducirá a una mayor evaporación. Habrá fuertes turbulencias en forma de huracanes, tornados y tifones. Las zonas subtropicales por lo general secas, sufrirán más la falta de lluvias.

Más compleja aún es la contribución de la capa de ozono al efecto invernadero. Es muy conocida la acción benéfica de éste como filtro de rayos ultravioletas, sin embargo esta capa está siendo destruida por los cloroflurocarbonos de los sprays y aparatos refrigerantes. Al desplazarse así el ozono a niveles cada vez más bajos de la atmósfera, se reforzará su potencial, como reflector del calor terrestre. La destrucción de la capa de ozono, el calentamiento de la atmósfera y océanos, la desertificación de los continentes no sólo que son fenómenos ya visibles que generan cambios climáticos sino que lo más grave es la celeridad con que podría fluctuar el clima ya que procesos que duraban milenios, se producirán más rápido.

No es difícil imaginar los graves problemas sociales, políticos, sanitarios y económicos que azotarán al mundo si los pronósticos se hacen realidad: migraciones masivas, desplazamiento de los centros de producción agrícola serán sólo algunas de las consecuencias más notables. La flora de la ciudad también se verá afectada, la tierra perderá fertilidad, las cosechas disminuirán acrecentando el hambre y el agua perderá su potabilidad.

Ante este panorama, el agresor, el hombre, no quedará indemne ya que los perjuicios de la polución del aire son inconmensurables. Los habitantes del mundo estarán más expuestos a enfermedades de las vías respiratorias, asma, dolor de cabeza, afecciones oculares y cáncer.

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ISSN: 1022-9833